Trasfondo oficial de la Gran Guerra contra el Caos (only in spanish)

La Gran Guerra Contra el caos[1]

Durante el verano del año imperial 2.301[2] pudieron observarse terribles presagios de desastres a lo largo y ancho del Imperio. Pozos que durante generaciones habían suministrado agua a pueblos enteros se llenaban de fango nocivo; el ganado sucumbía ante una virulenta viruela y moría; los cerdos levantaron sus piernas delanteras y empezaron a chillar con toda su energía dañando los oídos de los humanos; los cultivos se marchitaban por el intenso calor, o eran devorados por plagas de insectos. Pocos dudaron que el Imperio estaba bajo el efecto de una maldición, ya que tan sólo el Señor de las Plagas, el más asqueroso de los Dioses del Caos, el propio Nurgle, podía ser el causante de tales calamidades.

Parecía que los cuatro grandes Dioses del Caos, por una vez, habían olvidado su eterna rivalidad para unirse en un proyecto común. Era bien sabido que el poder del Caos había crecido durante los años anteriores. En el norte, los Hombres Bestia se habían multiplicado, volviéndose mucho más temerarios, surgiendo de los bosques para reconquistar las tierras que hombres denominaban Ostland y Ostermark. El Imperio no solo era desgarrado por las mejores plagas del Padre Nurgle, sino que también acogió la corrupción y la decadencia del adorador secreto de Slaanesh. Cuando los nobles del Imperio satisficieron sus vicios e hicieron uso de sus insignificantes rivalidades, las fuerzas del Caos de hicieron más fuertes. No existía ninguna autoridad centralizada que pudiera oponerse a ellos, ya que la línea de sucesión Imperial hacía mucho tiempo que se había extinguido, y las tierras del Imperio estaban divididas entre los Condes Electores. En sus correrías, las hordas de guerreros del Caos llegaban incluso hasta las Colinas Aullantes, al norte de Altdorf. Las feroces hordas de orcos, expulsadas de sus refugios por el creciente poder del Caos, se dedicaban a saquear todo el país.

En el lejano norte, las puertas que dividen ambos mundos iban absorbiendo energía. La oscura sombra del Caos empezó a deslizarse hacia el sur, engullendo las Tierras Desoladas y absorbiéndolas en su Reino. Las fuerzas oscuras iban creciendo a medida que la sombra del Caos iba desplazándose hacia el sur. Las hordas de guerreros del Caos de la frontera del Territorio Troll se unieron a los monstruos de los Desiertos del Norte. En lo más profundo de los bosques del Imperio, los Hombres Bestia se reunían y se disponían para la guerra. Entre el Paso Elevado del norte de Praag y las Montañas Centrales, emergió una horda maldita dispuesta a obedecer la voluntad de los Dioses Oscuros. Para el general de los Kurgan, Asavar Kul el Ungido[3], el Imperio del hombre era débil y estaba listo para ser conquistado.


Asavar Kul el Ungido

El primer trabajo de Kul tuvo lugar en el lejano norte. Antes de la imparable marea, se reunieron los subordinados del Caos, y Kul los lideró a su voluntad. Conforme las sombras del Caos se movían hacia el sur, las fuerzas del Caos crecían. A Kul se le unieron bandas de guerreros procedentes del Territorio Troll y toda clase de monstruos y bestias infernales que seguían sus pasos, atraídos por la inconfundible atracción de su enorme energía. Las huestes demoníacas cruzaron el velo del Reino del Caos y marcharon a su lado. En los bosques de las afueras del Imperio, los infinitos Hombres Bestia también se unieron a él.

Al llegar el otoño, las tierras del Imperio estaban sumidas en la anarquía. Muchos miles murieron de hambre. Varios miles más buscaron refugio en las atestadas ciudades. Granjas, pueblos y pequeñas aldeas fueron abandonadas a las hordas invasoras de Hombres Bestia, guerreros del Caos y bandidos. Incluso en la próspera región de Reikland, que se extiende alrededor de Nuln y Altdorf, las cosas no marchaban bien. Los Hombres Bestia infestaban el bosque de Reikland y muchas embarcaciones fueron atacadas y quemadas mientras remontaban el río Reik. En las calles de las ciudades, los fanáticos y los profetas apocalípticos predicaban sus extrañas formas de redención. Muchos ciudadanos desesperados les escuchaban y, creyendo que había llegado el fin del mundo, se unían a los grupos de flagelantes y apocalípticos que no querían seguir viviendo. La brujería y los Dioses del Caos fueron considerados responsables de todas las desgracias. A consecuencia de ello muchos inocentes fueron quemados a la hoguera, o ahogados, pero sin duda muchos adoradores secretos y otros agentes de los Poderes Oscuros fueron descubiertos y linchados por los fanáticos.

La horda del Caos siguió creciendo en las tierras del Territorio Troll. Dicen que era el ejército más grande que nunca se haya reunido para una guerra en el Viejo Mundo; una horda impía tan grande que sus estandartes tapaban el horizonte. Hay quién calcula que reunió más de cien mil guerreros, mientras otros aseguran que sus efectivos eran dos o tres veces más numerosos. Kul parecía llevar la bendición de cada uno de los hermanos de la oscuridad, unidos en la subyugación de los reinos mortales.

En Kislev, el reino humano situado más al norte, el Zar[4] pidió ayuda al sur, en previsión del momento en que la horda empezara a moverse. El mensaje llegó a Wolfenburg, donde el conde Bavaric de Ostland todavía resistía, aunque las tierras de los alrededores hacía mucho que habían sido saqueadas por los Hombres Bestia. El conde consideraba a los Dioses del Caos como sus más encarnizados enemigos, e inmediatamente respondió a la petición de ayuda. En menos de una semana se dirigió junto a su ejército hacia el norte para unirse a las tropas del Zar.




Mientras tanto, el Imperio seguía sumido en la anarquía. No se había escogido ningún líder, pues ninguno de los Condes Electores confiaba en los demás lo suficiente para cederle el poder. Los Sumos Sacerdotes de Sigmar y Ulric discutían entre sí para ver quién debía asumir el control total, mientras que la mayor parte de la nobleza se negaba a ayudar por miedo a que sus vecinos atacasen sus tierras en su ausencia. Los hechiceros del Caos continuaban surgiendo de sus escondites y dirigiendo a grupos de enloquecidos adoradores en un intento de derrocar a los gobernantes locales. Algunos hombres, enloquecidos a causa del hambre y del derramamiento de sangre, reconocieron el poder del Caos y juraron lealtad a los Dioses Oscuros. Los cazadores de brujas y los sacerdotes movilizaban a la gente contra los adoradores del Caos, declarándose una guerra total en las calles. Sin embargo, hubo alguien que no se rindió. Magnus von Bildhofen[5] de Nuln, un joven noble y sacerdote de Sigmar, todavía creía en el sueño de un Imperio unido lo bastante fuerte como para vencer a los ejércitos del Caos[6]. El joven noble reunió una gran masa de seguidores y, con una mezcla de fervor y sentido común, la ciudad fue finalmente purgada de adoradores de los Dioses Oscuros[7].

Al llegar el invierno a las tierras del norte, el ejército del Caos empezó su larga marcha hacia el sur como un mar de espadas agitándose en las estepas. El conde Ostland y todo el ejército de Kislev avanzó hacia el norte para enfrentarse a él. Las dos gigantescas fuerzas se enfrentaron en algún lugar entre los pueblos kislevitas de Murmagrad y Chazask. Pocos fueron los que sobrevivieron a la batalla para poder informar a Ostland y a Kislev de la derrota.

El ejército de Kul no solo era más numeroso que el del Imperio, sino que los regimientos de élite de los soldados de a pie eran imparables. Sin embargo, los kislevitas lucharon como osos furiosos defendiendo sus guaridas. La Legión del Grifo realizó una carga de caballería, con sus estandartes de plumas resplandeciendo en el sol invernal; colapsaron uno de los flancos de Kul y, durante un momento, la esperanza rezumó en los ojos del Zar. Pero conforme los cielos se ennegrecían, la esperanza se iba extinguiendo.

Los rumores eran ciertos: criaturas de antes del amanecer del hombre marchaban al lado de Kul. En un remolino de luz y con el trueno como insignia, el titán Shaggoth conocido como Kholek Comesoles[8] retronó en el fragor de la batalla. La Legión del Grifo fue dispersada ante la furia de la antigua y legendaria bestia. Las fuerzas del Caos volvieron a asaltar, esta vez con el propio Kul a la cabeza, portando su mortífero par de hachas de combate. Su ferocidad era terrible de contemplar. Kul machacó a los hombres de caballería y a los soldados de a pie, incluso derribó al gran oso Urvitch, de quién se decía que era el principal espíritu de Kislev. En el transcurso de una hora, la nieve bajo sus pies se derritió y se transformó en sangre, llena de restos de los soldados de Kislev y Ostland. La horda del Caos se detuvo sólo para hacer monumentos a sus Dioses Oscuros en las Montañas de la Muerte, y levantaron pirámides de cráneos en el nombre del Señor de la Batalla. La temible hueste se instaló en la parte norte del territorio del Zar, antes de dirigirse al sur por las faldas de las Montañas del Fin del Mundo.

Los kislevitas creyeron que el río Lynsk, en primavera a punto de desbordarse, obligaría las fuerzas del Caos a cruzarlo por los puentes. Los últimos restos de las tropas regulares kislevitas se prepararon para defenderlos hasta el final, o incluso destruirlos. Pero los hechiceros de Kul dirigieron a sus seguidores para echar al río los cadáveres de la masacre del día anterior. El río se tiñó de color rojo, fluyendo lentamente y se heló una vez más. La vanguardia de elegidos de Kul cruzó el río Lynsk al día siguiente; miles de armaduras crujían sobre la dura corteza de hielo ensangrentado con un terrible compás. Las últimas tropas kislevitas que resistían en los puentes fueron rodeadas y aniquiladas rápidamente. Más allá del río Lynsk se extendían las tierras principales de Kislev y la gran ciudad de Praag.

Los habitantes de Praag se prepararon para el asedio. Miles de habitantes de alrededor de la ciudad huyeron hacia ésta, llevando consigo todos los animales que pudieron reunir. Sin embargo, no fueron suficientes, y los valientes ciudadanos pronto empezaron a pasar hambre. Muchos, debilitados por la falta de comida, sucumbieron ante el terrible castigo de Nurgle, el Señor de las Plagas. Los valientes kislevitas plantaron los cultivos que pudieron dentro de la ciudad.

La horda del Caos acampó en el exterior de la ciudad. Se formó una segunda ciudad fuera de los muros de Praag, una ciudad de tiendas de madera, piel desgarrada y acero dentado. Desde allí los atacantes realizaron incursiones ocasionales, liderados por los guerreros de Khorne que no pudieron esperar para empezar la masacre. El mismísimo Kul, el estratega, no intentó asediar la ciudad hasta que la peste hubiera actuado. Los habitantes de Praag sobrevivieron a todos los ataques, esperando que llegara un ejército en su ayuda. Les llegaron rumores del surgimiento de un nuevo y heroico líder en el sur, un hombre llamado Magnus, el cual se dirigía hacia el norte con un gran ejército para salvar la ciudad.

De hecho, el grupo de seguidores de Magnus era cada vez mayor. Reunió un ejército compuesto por todo tipo de hombres: desde los leales devotos de Sigmar hasta extraños dementes fanáticos, pasando por ciudadanos ordinarios que odiaban al Caos, y a soldados profesionales de los ejércitos provinciales. Al reconocer en Magnus al líder que todos ellos estaban dispuestos a seguir, los Condes Electores del Imperio se comprometieron a ayudarle y se unieron a él con sus tropas. Entre ellos se hallaban los condes Adolphus Teuton de Reikland, Magnus Steib de Stirland o Werner Kurgdorf, entre otros[9].Pronto reunió un gran ejército que marchó hacia el norte. Pero su avance era lento, y cada día que pasaba, los habitantes de Praag seguían debilitándose y la esperanza iba diluyéndose en sus corazones.

Al llegar a Middenheim, el Ar-Ulrik Kriestov acusó inicialmente de fraude a Magnus, prohibió la entrada del sacerdote a la ciudad y difundió el rumor de herejía. Sin embargo, Magnus consiguió penetrar clandestinamente a la ciudad del Lobo Blanco y mientras Kriestov sermoneaba a sus habitantes en el templo de Ulrik, Magnus reveló su identidad. Para demostrar sus puras intenciones, penetró en las llamas de Ulric y salió totalmente indemne dos minutos más tarde. Aquel milagro convenció totalmente a la población, que se arrodilló ante él y se unió a su causa.

Mientras las tropas viajaban al norte, se les unió un inesperado aliado: Teclis, el más sabio de todos los magos Altos Elfos, que había oído hablar de la lucha de los hombres contra un enemigo común y había decidido poner su increíble magia a disposición de Magnus.[10]

Aunque Magnus era reacio a pedir ayuda a los elfos, era consciente que no podría vecer al Caos tan sólo con el poder de las armas. Así pues, envió a su más cercano y leal amigo, Pieter Lazlo hasta Ulthan, con el objectivo de conseguir refuerzos[11].

 “Fue en ese momento cuando el barco de Pieter Lazlo, enviado por Magnus en busca de ayuda, alcanzó las costas de Ulthuan. Como ya sabe, el hermano Yrtle, el hermano Finreir y yo mismo [Teclis], nos ofrecimos voluntarios para ir al Viejo Mundo en ayuda del asediado Imperio. Llegamos justo a tiempo para unirnos al ejército de Magnus, un ejército desesperadamente necesitado de protección contra los oscuros poderes de los hechiceros del Caos. Cuando el ejército de Magnus alcanzó la escarpada roca sobre la que se alza Middenheim, era la fuerza más grande de la historia del Imperio, por lo que Magnus tuvo que dividir sus tropas en dos ejércitos, ya que ningún asentamiento era capaz de facilitar la cantidad de comida y agua necesaria para tal masa de hombres. El primer ejército, compuesto sobretodo por kislevitas y tropas de caballería ligera, marchó con toda celeridad hacia Praag con la esperanza de levantar el asedio. El hermano Finreir les acompañó (…). El hermano Yrtle y yo nos unimos al segundo y más numeroso ejército. Conducidos por el propio Magnus, marchamos hacia el norte en dirección a Kislev esperando poder aprovisionarnos en la capital antes de seguir nuestro camino.[12]

Al llegar a Middenheim, el Ar-Ulrik Kriestov acusó inicialmente de fraude a Magnus, prohibió la entrada del sacerdote a la ciudad y difundió el rumor de herejía. Sin embargo, Magnus consiguió penetrar clandestinamente a la ciudad del Lobo Blanco y mientras Kriestov sermoneaba a sus habitantes en el templo de Ulrik, Magnus reveló su identidad. Para demostrar sus puras intenciones, penetró en las llamas de Ulric y salió totalmente indemne dos minutos más tarde. Aquel milagro convenció totalmente a la población, que se arrodilló ante él y se unió a su causa[13].


Magnus el Piadoso

Cuando la plaga estaba en su máximo esplendor, Kul cambió su táctica, paralizó el asedio y realizó un majestuoso ataque. Las defensas exteriores de la ciudad, aunque eran suficientes para detener hasta el guerrero del Caos más fuerte, no fueron un obstáculo para los monstruosos aliados de Kul. Kholek descargó un gran golpe con un martillo más viejo que la raza del hombre mientras rugía de triunfo, a la vez que los guerreros del Caos entraban[14]. Otras versiones afirman que fue el paladín de Khorne Arbaal el Invencible quién logró destruir las puertas de la ciudad y lideró el asalto final a Praag con una hueste de demonios. Dicen también que aquel día Arbaal masacró a un millar de hombres[15]. Finalmente, después de una cruda batalla en las calles de la ciudad, Praag cayó en el invierno de 2.302. La orgía de violencia que tuvo lugar en las calles de Praag atrajo la mirada de los cuatro Dioses Oscuros.

Asavar Kul dirigió a sus hechiceros para que hicieran un ritual de magnitud increíble en las ruinas del templo del invierno del dios Ulric, para implorar a Tzeentch por su ayuda. El gran poder del Caos pronto de extendió por la tierra. Magnus no llegó a tiempo. Algunas tropas de caballería se encontraban a un día de marcha de la ciudad, pero no sirvió de nada. El Caos había triunfado[16].


El gran Shaggoth Kholek Comesoles


Tras la caída de Praag sopló un gran viento negro que, procedente del Reino del Caos, atravesó el Territorio Troll y penetró en el norte de Kislev hasta llegar a Praag, donde recorrió sus calles aullando y gruñendo. El Reino del Caos siguió al viento, absorbiendo las tierras de los hombres. Las calles de Praag se doblegaron ante su poder. Los hombres y la piedra quedaron retorcidos y fundidos en un solo cuerpo. Los seres vivos se fundieron y se reformaron en el interior de la estructura de la propia ciudad. Sus almas atormentadas gritaban desde su prisión en las retorcidas piedras de la ciudad. Rostros distorsionados miraban desde las paredes, agonizantes extremidades se retorcían en el pavimento. Las columnas gemían con las voces de aquellos que anteriormente habían estado vivos. Praag había pasado a ser una pesadilla viviente, una muestra de lo que le aguardaba al Viejo Mundo bajo el dominio del Caos.

Unos pocos supervivientes lograron escapar de la destrucción de Praag escabulléndose entre las líneas enemigas mientras los ejércitos del Caos lanzaban el asalto definitivo. Estos supervivientes llevaron la noticia de la caída de Praag hasta Kislev, donde el Zar estaba entrenando a marchas forzadas su nuevo ejército. Dicen que cuando Magnus de Nuln fue informado de la derrota lloró sangre y juró por Sigmar que vengaría todos los horrores cometidos ese día.

Tras conquistar Praag, la horda del Caos prosiguió su avance hacia el sur, dejando atrás a las tropas de avanzadilla de Magnus sin darse cuenta de ello. La caballería de Magnus pronto llegó a la afligida ciudad de Praag, donde los guerreros -muchos de los cuales eran kislevitas- pudieron ser testigos de los horrores que habían padecido sus habitantes. No permanecieron en la ciudad, sino que avanzaron rápidamente hacia el sur, persiguiendo a la horda del Caos. Pronto encontraron y destruyeron la retaguardia del ejército, formada en mayor parte por rezagados y haraganes, Hombres Bestia que al discutir con sus rivales habían sido dejados atrás.

Los guerreros humanos les atacaron con la ferocidad nacida de la rabia. Fue una victoria menor, pero una victoria al fin y al cabo. Mientras tanto, el grueso principal del ejército siguió avanzando hacia Kislev, sin saber nada de las tropas humanas que los seguían. Al mismo tiempo, en el oeste, la hueste de Sven Mano Ensangrentada llegó al puerto de Erengrado y lo incendió después de una sangrienta lucha.

Mientras, el ejército principal del Imperio se había dirigido hacia Kislev. Aunque estas tropas todavía tenían la esperanza de llegar a Praag, necesitaban urgentemente provisiones para poder seguir avanzando. Magnus esperaba obtener allí todos los avituallamientos necesarios junto con nuevas tropas antes de proseguir su avance hacia el norte. En realidad, llegaron a la ciudad de Kislev justo a tiempo de ver como la horda del Caos rodeaba la ciudad.

El ejército se desplegó alrededor de las murallas de Kislev, con sus negros estandartes hondeando al viento en las colinas de alrededor. Podían verse los estandartes de los cuatro Dioses del Caos allí donde habían acampado sus paladines. Los guerreros y los caballeros del Caos aguardaban en apretadas filas, esperando la señal de avanzar. Los hechiceros esperaban detrás de los guerreros, o vagaban entre las tropas montados sobre bestias de apariencia indescriptiblemente horrible. Los ruidosos Hombres Bestia estaban reunidos alrededor de los estandartes de sus comandantes, relinchando y bramado por la excitación. En medio de la maloliente multitud sobresalían seres gigantescos de amplias y feas caras, pero no era posible determinar si eran criaturas mortales o demonios del Caos[17].

La batalla subsiguiente fue conocida como la Batalla a las Puertas de Kislev. En el interior de la ciudad el Zar preparó las defensas y tomó el mando de su nuevo ejército. El ejército kislevita, entrenado apresuradamente y mal equipado, pero con una valentía derivada de la desesperación, se preparó para rechazar el ataque. En la ciudad también había un grupo de enanos de la gran fortaleza de Pico Eterno, la ciudad enana de Karaz-a-Karak. A pesar de los problemas existentes en el reino montañoso, la vieja alianza entre hombres y enanos era muy fuerte; aunque mucho menores en número, los enanos que habían venido a ayudar al Zar eran los guerreros mejor preparados de su raza. Estos formidables guerreros soportaron el peso de la batalla durante el asalto inicial, y sin duda fue su imperturbable determinación la que salvó la ciudad de la perdición.

El Gran rey Alriksson colocó su estandarte junto al de quién, a la postre, sería el siguiente Emperador, Magnus el Piadoso. Juntos levantaron el sitio de Kislev y derrotaron a la horda del Caos, a la que mandaron de vuelta a los Desiertos del Norte[18].

En el primer ataque, los Dioses del Caos utilizaron a los Hombres Bestia. Con un feroz ataque, estas abominables criaturas expulsaron a los kislevitas de las defensas exteriores, que habían sido construidas apresuradamente. Los kislevitas retrocedieron hasta las propias murallas de la ciudad. Los últimos en llegar a la seguridad de las murallas fueron los enanos, cuya valerosa actuación al cubrir la retirada mantuvo a raya a los Hombres Bestia.

Mientras Kul se preparaba para su propio asalto, el ejército de Magnus llegó a las afueras del campamento del Caos. Las tropas imperiales pronto cayeron sobre los pocos adoradores del Caos que se encontraban allí y mientras los sigmaritas llevaban a cabo su sangrienta venganza, el aire se llenó de rugidos inhumanos y de dolor. Rápidamente, Kul llamó a sus señores para que le dieran apoyo y dividió su horda en dos; una parte continuaría con el asalto a la ciudad mientras la otra daba media vuelta para enfrentarse a la nueva amenaza.

El ataque de Magnus fue como el propio martillo de Sigmar[19]. Atacó antes de que el ejército del Caos pudiera reagruparse adecuadamente, derrotando a un gran contingente de Hombres Bestia que acababa de retirarse del frente. Las criaturas de acobardaron al ver el ejército humano, y no opusieron demasiada resistencia antes de dar media vuelta y huir. El avance de Magnus penetró profundamente en las líneas del ejército enemigo. Miles de tropas del Caos fueron degolladas sin que pudieran hacer nada para detener el furioso avance de Magnus.

Los regimientos de tropas estatales abrieron una importante brecha en la hueste Oscura, apoyados por las andanadas de sus ballesteros y arcabuceros. La artillería de Nuln, que se encontraba entre las primeras unidades que se habían unido al estandarte del grifo de Magnus, fue desplegada en posiciones elevadas desde las que tener visión clara de todo el campo de batalla, y una vez allí empezaron a causar verdaderos estragos en las fuerzas del Caos. Los regimientos de guerreros del Caos, caballeros del Caos y ogros dragón resultaron hechos añicos por el intenso fuego de los cañones. Teclis, acompañado por un puñado de hechiceros humanos a los que había entrenado recientemente[19], hizo frente a los hechiceros de Kul en una serie de enfrentamientos mágicos que hicieron arder los cielos con crepitantes y letales energías[20].

Desde las murallas de la ciudad vieron todo lo que sucedía. Al principio, los kislevitas prorrumpieron en grandes vítores al ver cómo las tropas del Caos huían en todas direcciones. Posteriormente, los vítores se convirtieron en silencio al ver como el ejército imperial parecía vacilar. Las fuerzas del Caos eran muy numerosas. Aunque Magnus había dispersado a muchos miles de tropas, el ejército del Caos contaba con muchos miles más. Sorprendido por el repentino ataque contra su retaguardia, el ejército del Caos tardó en redesplegarse, pero al final su superioridad numérica empezó a hacerse sentir. El avance del ejército imperial fue detenido, y Magnus pronto quedó rodeado por un muro de acero impenetrable. El ejército imperial tuvo que replegarse, formando un círculo defensivo. Estaban rodeados de guerreros del Caos fornidos, paladines de un centenar de tribus que se acercaban para desafiar a los líderes del ejército humano.

Cuando un enloquecido Guardián de los Secretos atravesó nuestras filas, el hermano Yrtle dio su vida en un heroico intento de destruirle. Sus esfuerzos debilitaron al demonio y entonces fui capaz de destruir aquella abominación, pero la nuestra fue una terrible pérdida.[21]

Teclis

Temiendo que sus salvadores fueran aniquilados ante sus ojos, los enanos intentaron romper el cerco para ayudar a Magnus. Trescientos enanos salieron por la puerta sur y atacaron a sus torturadores. Pero las tropas del Caos que rodeaban Kislev formaban la guardia personal de Kul, e incluso el enano más experto no podía resistir contra los guerreros de élite de Kul. Este último luchó con la rabia de Khorne, decapitando a enanos barbaslargas con sus hachas. Los enanos tuvieron que retroceder tras sufrir graves pérdidas. De los trescientos valientes enanos que salieron de Kislev, apenas regresó la mitad.

Con la amenaza de Magnus controlada y los enanos derrotados, las fuerzas del Caos volvieron a centrar su atención en Kislev. Bajo el mando de Kul, la élite de los ejércitos del Caos se dirigió hacia la parte delantera de la horda y los que estaban en las almenas se dieron cuenta de que la próxima intención de ésta era tomar la ciudad. Se reunieron las mejores unidades del Caos para arremeter contra la ciudad: guerreros del Caos, elegidos, tres hechiceros, cada uno de ellos montado en un terrorífico dragón del Caos de dos cabezas[22], y ogros dragón, criaturas enormes y poderosas despertadas por la tormenta del Caos. Los kislevitas y los enanos se prepararon para dar su vida, y enviaron plegarias silenciosas a sus camaradas para vengar la caída de la segunda ciudad kislevita en la misma semana.

Cuando las torres de asedio del ejército de Kul llegaron a los muros de la ciudad, la situación dio un giro inesperado. Las tropas de caballería de Magnus, las mismas que habían llegado a Praag demasiado tarde para salvar la ciudad, llegaron por el flanco norte del ejército del Caos. Entre las tropas de caballería había numerosos kislevitas que todavía tenían fresco en su memoria el recuerdo de lo que había sucedido en Praag. Galoparon desde las montañas con las lanzas bajadas. Con una gran ferocidad, la hueste de caballería de hundió en las líneas del Caos, que empezó a desmoronarse ante su implacable furia.

Magnus y su fuerza principal habían llegado a una pequeña colina donde resistieron el constante ataque de los Hombres Bestia y los guerreros del Caos[23]. Por cada guerrero caído, caían una docena de hombres. Magnus enseñó su mandíbula, preparado para una última batalla cuando, desde su elevada posición, vio confusión en las filas de retaguardia de la horda del Caos. Le invadió una alegría cuando vio que su caballería había vuelto del norte. Las tropas del Caos oyeron la confusión tras de sí y empezaron a flaquear. Reagrupando sus últimas fuerzas, Magnus enardeció sus tropas para que hicieran un esfuerzo más.

Por todas partes podía oírse el clamor de aquella encarnizada guerra: el choque de las armas contra las armaduras; los gritos de los moribundos y de los heridos; el aullido de los gritos de guerra y el estruendo de los chillidos de los enemigos no humanos. Magnus miró a su alrededor y vio que todo era confusión, no había ningún tipo de orden ni concierto. Las hordas del Caos de mezclaban con los humanos de miradas feroces y con los enanos en un choque acérrimo en el que ya se había desvanecido todo frente de batalla para dar pie al mero desorden de la guerra.

Un grupo enorme de jinetes acorazados se acercaba cargando a toda velocidad por el vacío que se había formado en aquella parte del campo de batalla y, delante de ellos, se erguía un carro gigantesco tirado por tres bestias inmensas de grandes colmillos y cuernos que sobresalían por toda la piel de color negro carbón. A Magnus se le hacía difícil mirar directamente al carro debido a las extrañas runas y símbolos que colgaban de una media docena de astas de hierro que hacían que el aire se retorciera y que le hacían llorar los ojos.

“Este es uno de sus líderes” - le dijo una voz- “Esta es la bestia con forma humana a la que llaman Asavar Kul”.

Un poco más calmado, Magnus vio que el carro giraba para dirigirse hacia él mientras sus ruedas repletas de pinchos iban aplastando los cuerpos de los caídos en combate y hacían saltar la nieve y la sangre a su paso. Los caballeros del Caos tiraron de las riendas de sus monturas a la orden de la criatura que iba en el carro, con lo que frenaron su avance y dejaron que su señor de la guerra siguiera aproximándose él solo. La nieve se fundía bajo las ardientes pisadas de aquellos caballos sobrenaturales que tiraban del carro y que se acercaban a Magnus con gran estruendo y velocidad terrorífica. Magnus no dio ni un paso atrás haciendo gala de una gran entereza y aquella máquina de guerra se abalanzó contra él para acabar por dar un giro brusco y detenerse ante él justo en el último instante.

“¡Los dioses me han dicho que solo tú te interpones en mi camino hacia la gloria!”- rugió el guerrero desde el carro- “Te arrancaré el corazón con mis manos y luego arrasaré la ciudad”.

Cuando Kul bajó del carro, Magnus se dio cuenta de lo realmento enorme que era aquel guerrero, pues pasaba medio cuerpo por encima de la cabeza del sacerdote de Sigmar. Sin embargo, Magnus no sintió miedo alguno; se sentía rebosante de calma y serenidad, igual que si se encontrara rezando una oración tranquilamente, en lugar de estar en medio de un campo de batalla bañado en sangre. Cuando Magnus fijó su mirada en el paladín del Caos, el silencio pareció cernirse a su alrededor, aunque volvió a romperse cuando Kul desenvainó de la funda en su espalda una espada descomunal que crepitaba de energía, tras lo cual el aire se llenó de un agudo zumbido que resultaba ensordecedor. Su armadura estalló en llamas envolviendo al guerrero de humo al avanzar y la espada pareció crecer en su puño. Magnus permaneció impasible, incluso cuando aquel señor de la guerra grande como un ogro se lanzó a la carga contra él cubriendo al sacerdote con su sombra.

Lanzando un grito de guerra en una lengua que Magnus no alcanzó comprender, Kul se abalanzó contra el sacerdote y la espada demonio que empuñaba lanzó un chillido agudo al tiempo que cortaba el aire trazando un arco en dirección al devoto servidor de Sigmar. Magnus dio dos pasos a la izquierda instintivamente y levantó su propia espada, que empezó a brillar con un fulgor azul. La espada rúnica del Caos hizo saltar chispas en el arma de Magnus cuando éste detuvo el golpe y, girando sobre si mismo rápidamente, lanzó una estocada contra el cuello acorazado de Kul. La espada del sacerdote rebotó sobre la armadura infernal y a Magnus se le entumeció la mano. Acto seguido, tuvo que echarse atrás a la desesperada, ya que Asavar Kul descargó un golpe en vertical que lo hubiera partido en dos de la cabeza a la ingle.

Durante lo que pareció una eternidad, los dos fueron intercambiando golpes, entrechocando sus espadas una y otra vez y provocándose heridas superficiales de vez en cuando hasta que ambos acabaron chorreando sangre por una docena de cortes. Magnus no sentía cansancio en brazos ni piernas y, obviamente, Kul no había hecho más que empezar. Si seguían así, la batalla podía durar siglos.

Pero entonces Kul cometió un error fatídico, ya que, al arremeter con su espada con una fuerza brutal, esta se clavó más de medio metro en el suelo y le hizo perder el equilibrio durante un instante. Usando toda la fuerza de sus brazos, Magnus cortó de cuajo el brazo derecho del paladín y la potencia del golpe mandó a Kul unos metros hacia atrás. Asavar observó el corte y luego, como si no hubiera sufrido más que un rasguño, sacó un hacha del cinto con la mano izquierda. Sin embargo, ahora era Magnus el que llevaba ventaja, por lo que decidió sacarle el máximo partido atacando constantemente el flanco derecho de la bestia mediante golpes de revés hasta que, al final, sus mandobles consiguieron arrancar el hacha de la mano de Kul. Al quedarse indefenso, el guerrero se detuvo y miró a Magnus con los ojos brillando en el interior de su yelmo.

“Los dioses me prometieron la gloria y la eterna conquista si lograba derrotarte”- dijo Kul quitándose el casco. Su rostro estaba totalmente surcado de cicatrices y marcas de hierro incandescente- “Les he fallado y la victoria es tuya”.

Sin dudarlo ni un segundo, Magnus blandió su espada y la cabeza de Kul salió despedida por los aires y fue a caer a unos cinco metros de distancia.

“Fueron tus dioses los que te fallaron a ti” - se dijo Magnus con un susurro mientras contemplaba el cadáver del paladín del Caos - “Mi dios siempre está a mi lado”.[24]

En las almenas de la ciudad, los defensores supervivientes fueron testigos del ataque de la caballería contra las hordas del Caos y vieron como las fuerzas oscuras empezaban a debilitarse. El Zar Alexis sintió que la victoria aún era posible si actuaba rápidamente y con valentía. Las puertas de la ciudad se abrieron y todos los

En las almenas de la ciudad, los defensores supervivientes fueron testigos del ataque de la caballería contra las hordas del Caos y vieron como las fuerzas oscuras empezaban a debilitarse. El Zar Alexis sintió que la victoria aún era posible si actuaba rápidamente y con valentía. Las puertas de la ciudad se abrieron y todos los soldados salieron corriendo y atacaron a sus asaltantes. Los enanos prometieron venganza y se lanzaron hacia el ejército del Caos. Sus enormes hachas causaron una gran mortandad mientras aullaban sus viejos gritos de guerra en idioma khazalid.


Valnir el Segador


Uno de los lugartenientes de Kul, Valnir el Segador, se enfrentó al Zar Alexis para frenar su embestida, pero fue derribado y dado por muerto por las fuerzas kislevitas. Sin embargo, se dice que, de alguna manera, logró sobrevivir a la batalla y aún mortalmente, herido logró ordenar a sus tropas que lo llevaran de vuelta al norte[25]. También el paladín de Khorne Scyla Anfinngrim, convertido en engendro del Caos cayó en aquella batalla[26].


Arbaal el Invencible, paladín de Khorne


Atrapada entre tres frentes, la horda del Caos quedó sumida en la confusión. Los Hombres Bestia fueron derrotados en todas partes, huyendo de un sitio al otro, y no consiguiendo reagruparse. Los guerreros del Caos siguieron luchando imperturbablemente, pero no eran lo suficientemente numerosos como para luchar en todos los frentes. El ejército del Caos fue desintegrándose lentamente. Las bandas de guerreros huían ante la furia del ejército humano. Muchas de ellas fueron atrapadas y destruidas mientras huían. Al acabar el día[27], la horda del Caos había sido destruida y diezmada. Los muertos podían contarse por millares. Aunque habían muerto casi todos sus habitantes, la ciudad de Kislev permaneció intacta.

Después de la Batalla a las Puertas de Kislev el poder del Caos declinó rápidamente. Los demonios se desvanecieron de nuevo en el Reino del Caos. La Oscuridad abandonó una vez más el mundo. La ciudad de Praag fue completamente derribada y reconstruida, aunque desde entonces ha estado maldita y sus muertos no han podido descansar en paz.

Magnus el Piadoso, como se le conoce desde entonces, fue proclamado Emperador y reunificó el Imperio. Los bosques fueron limpiados de Hombres Bestia, y las tierras de Ostland y Ostermark quedaron totalmente libres de su presencia. Las fuerzas del Caos quedaron relegadas al Territorio Troll y las tierras que hay más allá. La Gran Guerra contra el Caos había terminado.

La alianza de los Dioses del Caos también acabó. Sus rivalidades les volvieron a separar. Quizás los Dioses Oscuros se conformaron con el resultado de haber profanado las defensas de la humanidad, ya que sus verdaderas intenciones con difícilmente comprensibles.

Magnus[28] fue elegido Emperador en el año 2.304. Los Condes Electores no hubiesen podido votar por otro candidato ni aunque hubiesen querido: los habitantes del Imperio demandaban a Magnus, y no les podía ser negado. Magnus el Piadoso demostró ser un Emperador extremadamente capaz, y de inmediato se aplicó en la tarea de restaurar el orden en las provincias del Imperio. Los siervos del Caos fueron perseguidos hasta sus guaridas de los bosques y eliminados, y muchas tierras que llevaban largo tiempo abandonadas volvieron a colonizarse. Magnus sabía que si quería sobrevivir, necesitaría la ayuda de sus aliados, por lo que una de sus primeras decisiones que tomó fue pedir a Teclis que creara para el Imperio una institución en la que los aspirantes a hechiceros pudieran recibir el entrenamiento que necesitaban. Aunque muchos elfos manifestaron que los secretos de la magia no estaban hechos para el hombre, Teclis se deba cuenta que la seguridad del mundo entero descansaba sobre las espaldas del Imperio, por lo que se avino a la petición de Magnus.

Elegí a Volans, mi estudiante más prometedor, como Patriarca Supremo de los Colegios de Magia y le dejé el poderoso bastón del hermano Yrtle como símbolo de su posición.[29]
Así fue como se establecieron los Colegios de la Magia en la ciudad de Altdorf. Magnus también reconocía la valiosa aportación de los artilleros de Nuln y los ingenieros de Altdorf en defensa de la nación. Por ello les dio categoría oficial, de modo que a partir de entonces ambas instituciones pudieron llevar orgullosamente el adjetivo “imperial” en su nombre y se convirtieron en parte integral de los ejércitos del Imperio en los difíciles años que estaban por venir[30].




[1] Este relato se ha extraído principalmente de los libros Ejércitos Warhammer: Reino del Caos (1998) y Ejércitos Warhammer: Guerreros del Caos (2008). La información se completa mediante textos extraídos de otros libros de Games Workshop que son indicados en cada caso particular.

[2] En aquel mismo año, los Elfos Oscuro invadieron de nuevo Ulthuan después de que Morathi pactara con sus aliados adoradores del Caos. El demonio N’kari volvió a la isla y pretendió terminar con el linaje de Aenarion (quién le había dado muerte miles de años atrás). La criatura acabó sucumbiendo en el Templo de Asuryan gracias al valor de dos elfos gemelos, Tyrion y Teclis. Mediante los esfuerzos de la nobleza élfica  y los Héroes de los Mil Duelos, el Rey Brujo fue derrotado en la Llanura Finuval, pero no antes de provocar grandes bajas en los ejércitos de Ulthuan. Extraído del Reglamento de Warhammer de 8ª edición (2009).

[3] El nombre de Asavar Kul no aparece relacionado con la Gran Guerra contra el Caos hasta libro de ejército del Caos de 6ª edición, en el cual, por primera vez, se le nombra como general del ejército. Todo parece indicar que Asavar Kul fue realmente uno de los Grandes Elegidos para comandar las invasiones del Caos, como hicieron Morkar, Vangel y Khaardhun el Glorioso antes que él, pero Kul no poseía la totalidad de los Siete Grandes Regalos del Caos. Según el libro Warhammer Fantasy Roleplay. Tome of Corruption (2006: 156; 181), Be’lakor dio a Asavar Kul la Corona de la Dominación, lo que le convirtió sin duda en un Gran Elegido. Sin embargo su montura era un carro tirado por tres bestias, y no Dorghar (uno de Grandes Regalos) y además existe dos versiones acerca de las armas que empuño en combate. Si según Tomo de la Corrupción Kul empuñaba dos grandes hachas de batalla, en la White Dwarf 86 (versión española) un breve relato indica que iba armado con una espada (Matarreyes?). Por otro lado, en el trasfondo de Archaón, se da a entender que la mayor parte de los Siete Grandes Regalos del Caos que logra reunir para convertirse en el Gran Elegido hacía centenares o miles de años que estaban ocultos o perdidos. Aunque bien es cierto que el cómputo del tiempo en los desiertos del Caos es voluble...

[4] El Zar de Kislev en aquel momento era Alexis, según el relato aparecido en los libros de ejército comunes. Su nombre es Alexander en el relato del libro Matabestias, de la saga de Gotrek y Félix.

[5] Según el libro de Ejércitos Warhammer: El Imperio, de 4ª edición (1995), Magnus fue una de las figuras históricas más famosas del Imperio y uno de sus grandes Emperadores. Magnus era un genio con muchas ideas revolucionarias y extremistas, así como con una convicción fanática en el patriotismo del Imperio y en la divinidad de Sigmar. Su familia le envió a la gran Universidad de Nuln, confiando en que su exceso de energía se apaciguara gracias a los estudios académicos. Fue en vano; el joven estudiante pronto atrajo a numerosos seguidores que pensaban como él. Viajaron por Reikland y pronto sus exaltados discursos atrajeron a gran número de seguidores entre la gente sencilla del Imperio. Magnus marchó hacia el norte, de ciudad en ciudad, hablando con la gente en los mercados y formando un gran ejército a su alrededor. Los Condes Electores y los Burgomaestres reconocieron en Magnus al líder que estaban dispuestos a seguir y pronto el ejército de ciudadanos fue engrosado con las topas provinciales y las tropas de los Condes Electores. Según el libro Ejércitos Warhammer: El Imperio, de 6ª edición (2000), Magnus estudió religión en la Universidad de Nuln e incluso publicó un tratado, “De los Cien nombres de la Maldad”, y dos discursos “La expulsión del Caos” y “El Pueblo de Sigmar”.

[6] La información de este párrafo ha sido complementada con extractos del libro Warhammer: Herederos de Sigmar (2005).

[7] Probablemente fuera en este momento que Magnus fundó la orden de los Caballeros Grifo, aunque también es posible que lo hiciera una vez terminada la Gran Guerra contra el Caos. Fuente: El Imperio. Uniformes y heráldica (2008).

[8] Kholek es un Shaggoth muy viejo. Es uno de los primeros nacidos de la familia de Krankarok el Negro, padre de los ogros dragón. Kholek estaba presente cuando se forjó el terrible pacto con los Dioses Oscuros, comprometiendo a su raza para toda la eternidad sirviendo a cambio de la inmortalidad. Kholek fue visto por última vez por ojos mortales durante la Gran Guerra contra el Caos, dirigiéndose al sur con sus ejércitos a cubierto bajo una ventisca feroz. Las historias de esa época describen una enorme y furiosa bestia de la tormenta tan alta que podía ver por encima de los baluartes de Praag, un dios del invierno que aplastaba ciudades enteras con una fuerza brutal. Las leyendas cuentan como el monstruo acechaba el centro de la ciudad, derribando cada uno de los templos de la misma antes de volver a su reino glacial. Extraído, con correcciones, del libro Ejércitos Warhammer: Guerreros del Caos (2008).

[9] Warmaster Magazine #12.

[10] Extracto del libro Warhammer: El Imperio de 8ª edición (2011).

[11] Extraído del libro Realms of Sorcery  (2005).

[12] Relato de una carta enviada por Teclis a Belannaer, con su testimonio acerca de la Gran Guerra contra el Caos, aparecido en el libro Ejércitos Warhammer: El Imperio, de 6ª edición (2000).

[13] Extraído de Warhammer: Herederos de Sigmar (2005) y de Warhammer city: a complete guide to Middenheim, city of the White Wolf (1987: 9).

[14] Según el trasfondo publicado por Forge World, Angkor, el Padre de los Mamuts, participó también en la batalla de Praag, ayudando a demoler las fuertes murallas de la ciudad.

[15] Extraído del libro Suplemento Warhammer: Paladines del Caos (1998).

[16] Según el libro Ejércitos Warhammer: El Imperio, de 4ª edición (1995), el asedio de Praag duró toda la primavera y el verano, y finalmente cayó en invierno de 2302-2303.

[17] Según el libro Ejércitos Warhammer: Reinos ogros (2011), había varias tribus ogras luchando tanto en el bando de Asavar Kul como también entre los ejércitos humanos. Por otro lado, como hiciera Archaón dos siglos más tarde, Kul también negoció con los Enanos del Caos para que éstos le construyeran formidables y demoníacas máquinas de artillería a cambio de grandes cantidades de esclavos. Sin duda, se trataba de los famosos Cañones Infernales (White Dwarf 86).

[18] Texto extraído del libro Warhammer: Enanos de 7ª edición (2005).

[19] Entre ellos se hallaba Volans, el futuro primer Patriarca Supremo de los Colegios de Magia y Frederick von Tarnus, el mago guerrero. Volans fue el mejor alumno de Teclis así como el fundador de los Colegios de Magia. Fue él quien enseñó a los patriarcas a incluir sus nuevos conocimientos en un único tomo para que todo lo enseñado por Teclis no llegara nunca a perderse. En todo el Imperio, es la única fuente de conocimiento arcano que compila los secretos de la magia de los ocho vientos en un mismo volumen. Sin embargo, la mente humana es incapaz de llegar a dominar toda la gama de hechicería, y todos los hechiceros que han intentado leer el tomo han acabado completamente locos. Por eso, se colocó un sello en el libro para proteger a todos los demás de un destino similar, una cerradura que solo el anillo de Volans puede abrir. Extraído de libro Warhammer: El Imperio, de 8ª edición (2011). Frederick von Tarnus ocupó inicialmente el cargo de comandante de los Grandes Espaderos de Carroburgo, hasta que comprovó su disposición natural hacia el dominio de la magia y abandonó el cargo avergonzado (recordemos que en esa época la práctica de la magia estaba prohibida en el Imperio). Fuente: Realms of Sorcery (2005).

[20] Extraído de libro Warhammer: El Imperio, de 8ª edición (2011).

[21] Extracto de una carta enviada por Teclis a Belannaer, con su testimonio acerca de la Gran Guerra contra el Caos, aparecido en el libro Ejércitos Warhammer: El Imperio, de 6ª edición (2000).

[22] Los nombres de estos tres hechiceros aparecen en Warmaster Magazine #12, en el cual se recreó estas misma batalla a escala Warmaster.

[23] Se dice que el estandarte de Magnus era mágico. El estandarte del Grifo fue el estandarte personal de Magnus el Piadoso y desde la Gran Guerra contra el Caos ha sido el símbolo de la valentía, el sacrificio y el valor en todo el Imperio. En el interior del estandarte se han tejido sutiles encantamientos, y cuando los soldados del Imperio lo llevan a la batalla, luchan con el valor y la determinación del mismísimo Magnus. Extracto del libro Warhammer: El Imperio, de 8ª edición (2011).

[24] El relato del duelo entre Magnus y Asavar Kul ha sido extraído de la White Dwarf española número 86.

[25] Extraído del libro Suplemento Warhammer: Paladines del Caos (1998).

[26] Extraído del libro Suplemento Warhammer: Paladines del Caos (1998).

[27] Según el libro Warhammer: Herederos de Sigmar (2005), la batalla se produjo en las afueras de Kislev, en el bosque de Grovod, y duró tres días.

[28] Según el libro de Ejércitos Warhammer: El Imperio, de 6ª edición (2000), después de la batalla, y en agradecimiento por detener las hordas del Caos, los Altos Elfos obsequiaron a Magnus con una armadura mágica: la armadura del Alba. En el mismo libro también se describe el mágico sudario con que se cubrió el cuerpo de Magnus el Piadoso una vez muerto, el Sudario de Magnus, que otorgaba protección mágica.

[29] Extracto de una carta enviada por Teclis a Belannaer, con su testimonio acerca de la Gran Guerra contra el Caos, aparecido en el libro Ejércitos Warhammer: El Imperio, de 6ª edición (2000). El báculo del mago Yrtle, llamado posteriormente el Báculo de Volans, se convirtió en el símbolo de autoridad del Patriarca Supremo de los Colegios de la Magia. Aunque en el libro Ejércitos Warhammer: El Imperio (1995) de 4ª edición se menciona que dicho báculo fue construido por Frederick von Tarnus.

[30] Extracto del libro Warhammer: El Imperio, de 8ª edición (2011).

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